Cuidar la democracia hoy
Columna de Hernán Hochschild, director ejecutivo de Tenemos que Hablar de Chile, y Valentina Rosas, directora ejecutiva de Más para Chile.
Desde 2020, la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica de Chile han trabajado de forma conjunta para abrir espacios de diálogo ciudadano con Tenemos que Hablar de Chile y, más recientemente, para inspirar, conectar y formar líderes para la democracia con Más para Chile.
Ambas universidades tienen historias y tradiciones distintas y, en muchos temas, miradas diferentes frente a los desafíos del país. Que trabajen juntas es una muestra, pequeña pero concreta, de algo que a 53 años del quiebre de la democracia vale la pena recordar: se puede estar en desacuerdo y seguir conversando.
Eso es lo que la democracia hace posible a escala de país, y lo que la hace tan valiosa: es el único sistema que nos permite decidir y construir juntos aun cuando pensamos distinto.
Por eso, en lugar de una declaración, preferimos proponer una lista de diez acciones que cualquiera puede hacer para cuidar la democracia y, con ella, el diálogo y la convivencia social. Ninguna requiere grandes sacrificios; quizás alguna requiera cambiar hábitos.
Votar y respetar el resultado. La democracia no es solo elegir; es aceptar que a veces gana el otro y seguir jugando con las mismas reglas.
Hablar con alguien que piensa distinto, sin intentar convencerlo. Escuchar para entender, no para responder. Muchos acuerdos y proyectos exitosos surgen cuando alguien se atreve a decir: «No lo había pensado así».
Verificar antes de compartir. Una noticia falsa reenviada hace más daño que una opinión equivocada, porque contamina el terreno donde las opiniones se discuten. Dos minutos de duda son una forma modesta de cuidado público.
Criticar ideas, no personas. Se puede estar en total desacuerdo sin declarar al otro enemigo, tonto o malo. El día que dejamos de hacer esa distinción, empezamos a perder la convivencia.
Exigir lo mismo al gobierno que nos gusta que al que no. La coherencia es lo que separa a un ciudadano de un hincha. Los estándares de transparencia, de respeto a la ley y de trato al adversario no cambian según quién ocupe La Moneda, el Congreso o una alcaldía.
Participar en lo cercano. Una junta de vecinos, un centro de padres, un club deportivo local. La democracia se aprende en las asambleas pequeñas antes que en las grandes.
Defender los derechos de quienes no comparten nuestras ideas. La libertad de expresión, de reunión y de conciencia vale precisamente cuando protege a quien creemos equivocado.
Cuidar las instituciones también cuando fallan. Un tribunal, un congreso, un servicio público o una universidad que decepciona se critica y se reforma; no se destruye ni se deja de lado.
Conversar de esto con alguien más joven. Las nuevas generaciones nacieron en un país donde la democracia siempre estuvo. Es una buena noticia y también un riesgo: lo que siempre estuvo parece que no puede perderse.
Reconocer cuando nos equivocamos. Cambiar de opinión frente a un buen argumento no es debilidad. Es la única forma en que una sociedad aprende junta, y la razón de fondo por la que existe el debate público.
Sabemos que esta lista es incompleta y que cada lector le agregaría o le quitaría un punto. Eso también es democracia.
Lo importante es la pregunta, la misma que les hacemos a nuestros participantes, a los dirigentes políticos, a la ciudadanía y a nosotros mismos: ¿qué estás haciendo tú para cuidar la democracia hoy?