Claudio Garrido-Ulsen y las tres claves para que un liderazgo local construya confianza real con una comunidad

Más para Chile, la Escuela de Liderazgo Democrático impulsada por la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica, con el apoyo de la red latinoamericana Democracia+, desarrolla en 2026 su Programa de formación para liderazgos locales, orientado a las próximas elecciones municipales y regionales de 2028 con 100 becas completas para dirigentes sociales y políticos de las 16 regiones del país.

Dentro de la unidad “Comprender y liderar en el territorio”, que aborda la lectura del territorio, el diagnóstico comunal, el mapeo de actores y las habilidades de escucha y relacionamiento comunitario, el profesor Claudio Garrido-Ulsen dictó el módulo Escuchar y vincularse: claves del relacionamiento comunitario.

Periodista, candidato a doctor en Ciencias de la Comunicación por la Pontificia Universidad Católica de Chile y consultor en relacionamiento comunitario, sostenibilidad, comunicación estratégica y debida diligencia en derechos humanos. Ejerció el periodismo durante doce años en medios de Chile, Guatemala y Colombia. Hoy también es docente en la UC, en la Universidad Diego Portales y la Universidad Católica de la Santísima Concepción.

Claudio Garrido es oriundo de Concepción y conversó con Más para Chile sobre cómo ha cambiado la forma en que autoridades y empresas buscan relacionarse con las comunidades, cómo ha evolucionado el relacionamiento comunitario en Chile y en el mundo, y hacia dónde avanza el sector público.

—Claudio, cuéntanos: ¿Qué es el relacionamiento comunitario?

—Es el conjunto de acciones, estrategias y planes que se ponen en marcha para establecer mecanismos de confianza mutua entre organizaciones y comunidades. Ahí es clave dejar claro el concepto de comunidad. En los procesos de relacionamiento comunitario hablamos de dos tipos: las comunidades que están en un territorio —circundantes a un proyecto político, social o de una empresa privada— y las comunidades entendidas como grupos específicos que siguen un tema con los que alguna organización tiene una relación.

—¿Qué cambios has observado? ¿Por qué es importante este tema hoy, sobre todo en política?

—Hemos pasado de un modelo de filantropía a uno de gestión de impactos, e incluso se habla ya de un tercer modelo, el desarrollo sustentable: de la donación a un trabajo completo con la comunidad. El relacionamiento comunitario proviene del mundo privado, se inicia con la minería y desde ahí se fue adoptando en las ONG y, más recientemente, en el sector público. Es importante revisar las condiciones en las que el Estado se relaciona con las comunidades. Sobre todo porque cuando un organismo del Estado o un proyecto político opera en un territorio, genera impactos que deben ser trabajados.

Un segundo cambio es que el relacionamiento se volvió proactivo. Antes, el relacionamiento partía desde la crisis; hoy día las empresas, las organizaciones, los políticos, los sectores sociales se comunican antes de que haya un proyecto y eso permite establecer relaciones más duraderas, de confianza. Es distinto cuando tú vas a llegar a una crisis a hacer una relación que cuando ya esa relación está construida. Y un tercer cambio es la ampliación de quienes lo practican: ya no es solo cosa de la empresa privada. El Ministerio de Obras Públicas creó una división dedicada a esto, lo que es clave porque el MOP construye caminos que muchas veces deben negociarse con las comunidades o se debe trabajar la confianza y transmitir los beneficios de que pase un camino por ahí. Y en el mundo privado, un caso destacable es el del litio en el salar de Maricunga, donde las comunidades indígenas fueron incorporadas a un comité de gobernanza de la empresa que explotará el recurso. El desafío sigue siendo que muchas relaciones comunitarias todavía se establecen por tiempos determinados en lugar de apostar por vínculos de largo plazo.

Cuando una autoridad llega a un territorio o quiere ser parte de un territorio, tiene que conocerlo. Y para eso existen tres elementos importantes: primero, mapear; segundo, identificar a las personas y grupos que componen esas comunidades; y tercero, priorizar y establecer con ellas relaciones de largo plazo.
— Claudio Garrido-Ulsen, académico y expositor del programa Más para Chile

—Para una autoridad o liderazgo local que recién empieza a pensar en relacionamiento comunitario, ¿qué debería considerar para construir una relación real con su comunidad sin caer en el error de solo reaccionar frente al conflicto?

—Cuando una autoridad llega a un territorio o quiere ser parte de un territorio, tiene que conocerlo. No es lo mismo, por ejemplo, un proyecto de telecomunicaciones que llega a Puente Alto, que uno en una comunidad indígena en Parinacota, que otro en Tirúa o en el campo. Y para eso existen tres elementos importantes: primero, mapear: revisar datos de salud, culturales y las necesidades del territorio; segundo, identificar a las personas y grupos que componen esas comunidades: organizaciones de la sociedad civil, comunidades indígenas, adultos mayores, entre otros; y tercero, priorizar según esas necesidades y establecer con ellas relaciones de largo plazo. Esto último es clave, porque muchas veces las empresas y autoridades públicas quieren trabajar con toda la comunidad a la vez y no lo logran porque no existen el tiempo ni los recursos para hacerlo. Ser proactivo y no reactivo requiere tiempo y mecanismos claros de identificación.

—¿Hacia dónde crees que va a evolucionar el relacionamiento comunitario en Chile? ¿Y qué le dirías a alguien que hoy piensa que esto es solo control de daños?

—En su raíz, control de daños es equivalente a remediación de impactos, y aunque sea así, lo veo como parte del proceso: puede ser el punto de partida, y desde ahí se construye una relación de largo plazo. Hacia delante, veo dos cosas: participación de la comunidad en decisiones y participación vinculante: que las comunidades no solo hablen, sino que sean efectivamente escuchadas; y gobernanza compartida, como en el caso de Maricunga. Eso sí, hay que tener cuidado, porque depende mucho de con qué organización y qué comunidad se está trabajando: en un territorio históricamente ocupado, por ejemplo, a la autoridad le cuesta mucho más establecer ese mecanismo de conversación. También creo que el relacionamiento comunitario va a tomar elementos de otras disciplinas, como de la administración, ciencia política, políticas públicas, porque, aunque partió desde una mirada más empresarial, hoy el sector público está avanzando para que las comunidades sean escuchadas e integradas en los procesos públicos.

—¿Qué recomendarías leer, ver o escuchar para entrar en el mundo del relacionamiento comunitario?

—Sigo mucho el sitio del CSRM, el Centre for Social Responsibility in Mining de la Universidad de Queensland, en Australia, que para mí es el referente mundial en relacionamiento comunitario, además de las experiencias de Canadá y Nueva Zelanda. Pero creo que la mejor forma de aprender sobre comunidades es viajar e insertarse a observar cómo funcionan: muchos chilenos han ido a San Pedro de Atacama, pero no se detienen a pensar en cómo opera esa localidad en torno a la comunidad y su vínculo con las empresas. Lo mismo pasa si uno visita el sur, en zonas como el lago Lanalhue. Muchas veces nos quedamos con lo que dicen los medios, y la observación directa enseña más que cualquier documental.

—¿Un mensaje final?

Mi invitación es a que la gente siga atenta a lo que está pasando en el sector comunitario, no solo en el mundo privado y público, sino también a incorporar una tercera mirada: la de la sociedad civil. Las ONG y fundaciones llevan muchos años trabajando en el territorio, muchas veces donde ni el sector público ni la empresa privada están presentes, pero por falta de recursos su trabajo no siempre se conoce. Mi invitación es a mirar a ese cuarto actor del panorama comunitario.


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